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viernes, 28 de octubre de 2016

Olympia u Olimpiada es un documental de 1938 dirigido por Leni Riefenstahl, que recuenta los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 desarrollados en el Estadio Olímpico de Berlín, en la Alemania Nacional Socialista. 

Escena de introducción del documental  

La película fue producida en dos partes: Olympia 1. — Fest der Völker (Festival de las naciones) y Olympia 2. — Fest der Schönheit (Festival de la belleza). Fue el primer largometraje filmado en unos Juegos Olímpicos. Se utilizaron técnicas fílmicas avanzadas que, más tarde, se convertirían en estándar de la industria cinematográfica, tales como ángulos de cámara inusuales, cortes abruptos, primeros planos extremos, fijación de cámaras en el estadio para filmar al público. Así, las técnicas empleadas son admiradas universalmente.

Cineasta alemana Leni Riefenstahl

La película tuvo una inmensa reacción en Alemania y fue recibida con aclamación por todo el mundo. En 1960, fue votada por cineastas como una de las diez mejores películas de todos los tiempos. The Daily Telegraph reconoció la película como "aún más técnicamente impresionante" que El triunfo de la voluntad. The Times describió la película como "visualmente deslumbrante."

Premios:

La película ganó varios premios.

- Premio Nacional de Cine (1937–1938)
- Festival Internacional de Cine de Venecia (1938) — Coppa Mussolini (Mejor     película)
- Premio Polar polaco (1938)
- Premio a los Deportes griego (1938)
- Medalla de oro olímpica del Comité International Olympique (1939)
- Festival Internacional de Cine de Lausana (1948) — Diploma olímpico

Documental de más de cuatro horas de duración (Parte I Festival de las Naciones y Parte II Festival de la belleza).

Parte I Festival de las Naciones

Parte II Festival de la belleza)



Cartel Oficial de Apertura de los Juegos Olímpicos
 de 1936 en Berlín

Leni Riefenstahl en plena filmación  


Sin lugar a dudas un verdadero hito cinematográfico ya que nunca antes se habían filmado unos Juegos Olímpicos de tal magnitud. Cabe destacar los avances técnicos y de producción utilizados por Riefenstahl en este trabajo, siendo pionera en la utilización de medios y formas de rodaje y post producción. Hoy en día son muy recurrentes, en las producciones audiovisuales, pero indudablemente innovadoras en  aquella época.

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martes, 25 de octubre de 2016

Seguramente después de ver cientos de películas y de leer la versión de la historia escrita por los buenos tendrás la idea de que el comportamiento del ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial fue tremendamente respetuoso con los vencidos, como corresponde al paladín de las democracias occidentales, y que nada sucio (salvo algún lamentable hecho aislado) podría achacarse a los soldados de la democracia más antigua del planeta. Bien pues presta atención porque hoy me gustaría hablarte de los campos de la muerte de Eisenhower.


Para tratar los campos de la muerte de Eisenhower sería conveniente que empecemos dando un pequeño repaso al derecho internacional.

Durante la Conferencia de Paz de la Haya al inicio del siglo XX, los Estados que se consideraban "civilizados" se comprometieron a cumplir con una serie de derechos y obligaciones internacionales con las que se pretendía humanizar las guerras y acabar con los abusos contra los indefensos.

El 26 de enero de 1910 las Convenciones de Guerra de La Haya fueron ratificadas por todos los países participantes, entre ellos los Estados Unidos, y en la Convención de Ginebra, entre otros hay cuatro derechos fundamentales están garantizados para los prisioneros de guerra.

1. Que serán alimentados y cobijados en la misma forma que las tropas de base o de reserva de las Fuerzas que capturan.

2. Que podrán enviar y recibir cartas.

3. Que serán visitados por delegados del Comité de la Cruz Roja Internacional quienes informarán en secreto, acerca del trato que reciben a un Poder de Protección. (En el caso de Alemania, como el gobierno se desintegró en las etapas finales de la guerra, Suiza había sido designada como Poder Protector).

4. Una vez restablecida la paz la liberación de los prisioneros de guerra se efectuará en el más breve tiempo posible.

Los aliados firmaron todas estas convenciones comprometiéndose a cumplirlas.

Pero en marzo de 1945, un mensaje al Staff Combinado de Jefes enviado por Eisenhower recomendaba la creación de un nuevo tipo de prisioneros "Fuerzas Enemigas Desarmadas", o DEF quienes no recibirían el estatus de prisioneros de Guerra, definido por la Convención de Ginebra.

Esto era una clara violación de la Convención de Ginebra. A pesar de ello El 26 de Abril de 1945, la combinación de Jefes aprueba el Status DEF, solamente para los Prisioneros de Guerra alemanes en manos de los norteamericanos. Los miembros británicos habían rehusado adoptar el plan norteamericano para sus propios prisioneros.
"Con efecto inmediato todos los miembros de las Fuerzas Alemanas que se mantienen en custodia norteamericana en la zona de ocupación en Alemania, serán considerados como Fuerzas Enemigas Desarmadas y no tendrán el estatus de Prisioneros de Guerra". - Dwight D. Eisenhower.
A partir de ese momento los prisioneros alemanes quedan privados del derecho internacional, siendo su seguridad transferida a la arbitrariedad de los vencedores. Recordemos que el no respeto del derecho internacional en las cuestiones de guerra es considerado como Crimen de Guerra.

Como consecuencia situación de los campos fue la siguiente:

– Los prisioneros no fueron registrados ni a su llegada ni durante su permanencia.

– Hubo casos en los que se disparó sin causa aparente contra los prisioneros.

– Los prisioneros se instalaron, a pesar del frío y la lluvia, sobre el suelo raso sin techo alguno. Se les prohibió construir alojamientos. No fueron entregadas tiendas de ningún tipo a pesar de que está comprobado que los norteamericanos disponían de ellas.

– Los prisioneros se cavaron agujeros para sí, en los que poder cobijarse como podían de la intemperie. También estos agujeros fueron en algunos casos destruidos y el suelo de nuevo aplanado.

– No había instalaciones de limpieza. Las letrinas, hechas de hoyos y maderos, estaban junto a las vallas, dónde los prisioneros no pudieran dejar de ser vigilados.

– Durante los primeros momentos, no había alimentos ni agua a pesar de que los almacenes norteamericanos tenían alimentos suficientes y el Rin sólo se encontraba a 200 metros.

– En algunos casos los prisioneros pudieron recibir más adelante algunos alimentos de los norteamericanos: huevo en polvo, leche en polvo, galletas, chocolate en barras, café en polvo, pero como no les fue entregada agua muchos murieron a causa de enfermedades intestinales.

– Los prisioneros no tenían ningún tipo de relación con el mundo exterior, no se permitía ningún tipo de intercambio postal. A la población le estaba prohibido, bajo pena de muerte, el acercarse a los campos de prisioneros.

– La Cruz Roja Internacional no tuvo ningún tipo de permiso para acercarse a los campos. Los alimentos y ayudas que fueron enviados por la Cruz Roja Suiza fueron devueltos por instrucción expresa de Eisenhower.

– Los enfermos y los heridos fueron insuficientemente o nada atendidos mientras los hospitales cercanos no eran utilizados.

– Como personal de vigilancia fueron contratados trabajadores forzados extranjeros (polacos, rusos, etc...). La policía de los campos consistía en antiguos prisioneros de los campos de trabajo de Speer. Los prisioneros eran diariamente humillados, maltratados y torturados por ellos.


El escritor canadiense Bacque, autor del libro “Other losses”, escribe:

“En los campos a lo largo de las orillas del Rin constataron los médicos militares desde el 1 de mayo hasta el 15 de junio de 1945 una pavorosa tasa de mortalidad, ochenta veces superior a la de cualquier otra situación conocida anteriormente por aquellos profesionales. Efectiva y escrupulosamente registraron las causas de muerte: muchos murieron por disentería y diarrea, y otros muchos por tifus, tétanos, envenenamiento de la sangre, etc. todo en cifras inconcebibles desde la Edad Media. La terminología médica no bastaba para describir la catástrofe de la que eran testigos aquellos médicos. También fueron registrados casos de muerte por adelgazamiento o cansancio.... por enfermedad del corazón o inflamación pulmonar.”

La situación de los campos del Rin llevó en poco tiempo a unas tasas de mortalidad masivas.

Leamos algunos testimonios.

De un prisionero alemán:

En abril fueron aprisionados cientos de miles de soldados alemanes, pero también muchos de ellos enfermos que se encontraban en hospitales, amputados, auxiliares femeninas y civiles. Un internado de Rheinberg tenía más de 80 años, el otro tan sólo nueve.... un hambre constante y una sed torturadora eran sus compañeros, murieron de disentería. Un cielo cruel los regó semana tras semana con tormentosa lluvia... los amputados se deslizaban por el barro como anfibios, empapados y temblorosos... día tras día sin techo, noche tras noche permanecían desalentados en la arena de Rheinberg o morían en sus hundidos agujeros... (Heinz Janssen, prisionero de guerra en Rheinberg – James Bacque)

Un testimonio norteamericano:

El 30 de abril fue un día duro. Lluvia, aguanieve y nieve se iban turnando, y todo ello con un frío que calaba hasta los huesos. Estrechamente apiñados, para poder calentarse mutuamente, se mostraban a la vista al otro lado del alambre de espino: alrededor de 100.000 hombres extenuados, apáticos, sucios, descarnados con mirada vacía, vestidos con uniformes sucios y grises, con los pies hundidos en el barro hasta los tobillos. Aquí y allá se veían manchas blancas que tras una mirada más atenta resultaban ser las vendas de heridas mal curadas. La comandancia divisionaria alemana informó que los hombres no habían comido nada desde hacía por lo menos dos días y que el abastecimiento de agua era un problema urgente – mientras ahí estaba el Rin, lleno de agua, a sólo 200 metros. (James Bacque,)

George Weiss:

Mecánico de tanques que ahora vive en Toronto, recuerda el campo donde estuvo junto al Rin: "Toda la noche teníamos que estar sentados uno contra otros. Pero la falta de agua era la cosa peor de todas. Durante tres día y medio no tuvimos nada de agua, teníamos que beber nuestra orina...."

El soldado Heinz T:

(Su nombre se mantiene en reserva ante su solicitud) había cumplido justo 18 años en el hospital, cuando los norteamericanos entraron en su sala el 18 de abril. El y sus compañeros heridos fueron sacados del hospital y llevados al Campo en Bad Kreuznach en el Rhineland, donde ya se encontraban varios cientos de miles de prisioneros. Heiz llevaba solamente un pantalón corto, zapatos y una camisa.

Heinz estaba lejos de ser el más joven en el campo, Había niños de 6 años entre los prisioneros, así como mujeres embarazadas y hombres de más de 60 años. Al comienzo cuando los árboles comenzaron a crecer en el campo, algunos lograron cortar sus ramas para hacer fuego, Los guardias ordenaron apagar el fuego. En muchos lugares estaba prohibido cavar agujeros en el suelo para hacer refugios. "Todo lo que teníamos para comer era el pasto". Recuerda Heinz.

Charles von Luttichau:

Estaba convaleciente cuando decidió entregarse voluntariamente a las tropas norteamericanas que estaban cerca de su casa. Fue llevado al Campo Kripp, en el Rin cerca de Remagen.

Fuimos mantenidos en hacinadas prisiones de alambres de púas, al aire libre, con escasos alimentos, recordaba recientemente. "Más de la mitad del tiempo no tuvimos alimentos, el resto del tiempo teníamos una pequeña ración K. Pude ver desde el encierro que nos estaban dando una décima parte de lo que le entregaban a sus propios hombres...Le reclamé al Comandante norteamericano del Campo que estaban violando la Convención de Ginebra, pero simplemente me dijo: ¡Olvide la Convención, ustedes no tienen ningún derecho!"

"Las letrinas eran sólo una tabla sobre una zanja junto al cerco de alambre de púas. Por las enfermedades, los hombres tenían que defecar en el suelo. Pronto muchos de nosotros estábamos demasiado débiles para sacarnos los calzoncillos. Así nuestra ropa estaba infectada, y así estaba también el barro donde caminábamos, nos sentábamos o nos acostábamos. Es esas condiciones nuestros hombres muy pronto, dentro de pocos días, hombres que habían ingresado sanos al Campo estaban muertos. Vi a nuestros hombres llevar muchos cuerpos a la entrada del Campo donde eran apiñados arriba de un camión que se los llevaba".

Capitán Julien (ejército francés):

El 10 de julio, una unidad del ejército francés tomó Dietersheims y 17 días después el Capitán Julien llego para asumir el mando. Su informe sobrevive como parte de una investigación del ejército en una disputa entre Julien y su predecesor. En el primer Campo al cual entró, dijo haber encontrado un terreno fangoso "habitado por esqueletos vivientes" algunos de los cuales murieron mientras los observaba. Algunos se apretujaban unos juntos a otros bajo trozos de cartón a pesar de que el día de julio era cálido. Mujeres que yacían en agujeros cavados en el suelo le miraban directamente con edemas de hambre en sus abultados vientres en una grotesca parodia de embarazo; ancianos con largas barbas grises le miraban débilmente, niños de seis o siete años con los anillos de un mapache en sus ojos del hambre le miraban con sus ojos faltos de vida. Dos médicos alemanes en el "hospital" estaban tratando de cuidar a los moribundos en el suelo, bajo el cálido cielo, entre las marcas dejadas por las tiendas de campaña que los norteamericanos se habían llevado con ellos.

El Comité Internacional de Cruz Roja no recibió autorización para intervenir en estos campos ¡¡hasta el 2 de febrero de 1946!!


En la página de cruz roja podemos leer:

"No obstante, las cantidades de socorros recibidas por el CICR para estos cautivos siguen siendo muy modestas. En el transcurso de sus visitas, los delegados constatan que los prisioneros de guerra alemanes están a menudo detenidos en condiciones espantosas; llaman la atención de las autoridades detenedoras sobre este hecho y logran, poco a poco, ciertas mejoras. "


Las cifras.

¿Cuántos alemanes fueron prisioneros en los campos de la muerte de Eisenhower bajo la denominación de DEF fuerzas enemigas desarmadas y por lo tanto sin ninguno de los derechos que la Convención de Ginebra reservaba a los prisioneros de guerra?

Pues la friolera de 6.000.000 de alemanes.

La historiografía de los Estados Unidos al respecto habla únicamente de 5.000 muertos. La historiografía oficial alemana actual, se centra en 5.000 muertos, máximo en 10.000 pero nunca acepta un número mayor.

Esto significaría que de los cinco o seis millones de prisioneros que fueron hacinados en los campos del Rin, sólo un 0,1% no superaron las condiciones en que se vivía en los campos. No obstante una tasa de mortalidad del 0,1% corresponde a la tasa que tendría una población que viviera en condiciones normales. Para los Campos del Rin una tasa así queda totalmente descartada.
El escritor canadiense Bacque asegura:”La cifra total de víctimas se encuentra sin ninguna duda por encima de los 800.000, con casi toda seguridad más cerca de los 900.000 y posiblemente por encima de un millón. Las causas de su muerte fueron esencialmente provocadas por los oficiales del ejército norteamericano, que disponían de suficientes alimentos y otros medios como para poder mantener a los prisioneros con vida. A las organizaciones de ayuda que procuraron auxiliar a aquellos prisioneros les fue prohibido el acercarse. Todo esto fue entonces ocultado y cubierto mediante mentiras.... Las actas y pruebas fueron eliminadas, manipuladas o guardadas secretamente. Esto continúa así todavía hasta la actualidad.”

El doctor Ernest F. Fisher jun., Mayor del Ejército de los Estados Unidos, escribió:

"El odio de Eisenhower, tolerado por una burocracia militar que le era dócil, produjo el horror de los campos de la muerte, algo incomparable con cualquier otro suceso a lo largo de la historia militar norteamericana. En vista de las catastróficas consecuencias de aquel odio y de la indolente indiferencia que la oficialidad de la SHAEF (del comando central de las fuerzas expedicionarias aliadas) se mostró la más dolorosa cara del ejército norteamericano." (Citado por Baque en a.a.O., Pg. 17).

No estaría de más recordar que hay 1.000.000 de muertos alemanes en la SGM que permanecen sin aclarar. Se trata del “millón perdido”. Hasta la caída del muro de Berlín estos desaparecidos en el occidente de Alemania fueron atribuidos a la URSS, pero cuando los rusos abrieron sus archivos en los noventa, los cuales desde por lo menos el 1946 mostraron una información inesperadamente detallada, sólo pudieron quedar aclarados alrededor de 100.000 desapariciones de esa zona. Se calcula además, que durante el año 1945 alrededor de 200.000 alemanes de esos lugares murieron anónimamente en las extensiones de Rusia. El millón perdido permanece sin aclarar.


¿Dónde están los muertos?

Una cuestión importante es ¿dónde se encuentran los cadáveres de los campos de exterminio de Eisenhower? Ningún organismo oficial ha considerado nunca la necesidad de buscar fosas comunes en el entorno del Rheinwiesen. Dado que según la postura oficial no existen muertos, no es necesario buscarlos.

La asociación para el cuidado de las sepulturas de guerra alemanas (Volksbund für Deutsche Kriegsgräberfürsorge) tienen las manos atadas desde la ley de sepulturas de 1952, en la que su labor quedó centrada únicamente a cuestiones de los caídos en el extranjero. En Alemania debe aguardar una orden de la administración. Una orden así no ha sido nunca dada.

Sólo en una ocasión se inició la búsqueda de fosas comunes, y fue una búsqueda no oficial. El miembro de las fuerzas armadas y experto en fosas Otto Schmitt, de Guldental – Bretzenheim se propuso desde 1970 el clarificar la cuestión de los desaparecidos.

En otoño de 1985 Otto Schmitt , tras consultar con el propietario Otto Tullius, comenzó en el emplazamiento de las antiguas letrinas los primeros trabajos de prospección. El interés de los habitantes de la zona y de la prensa local se despertó.

Poco después del comienzo de las pesquisas, cuando todavía no se había encontrado nada, llegó una visita inesperada: una delegación de la administración local de Bad Kreuznach transmitió un escrito en el que se comunicaba que aquellas tierras quedaban dentro de los terrenos protegidos por la ley de patrimonio nacional y que por lo tanto cualquier excavación o manipulación de ellas quedaba prohibido. Otto Schmitt se vio obligado a abandonar su trabajo.

El 27 de octubre del año siguiente, 1986, se ratificó y reforzó la ley de patrimonio sobre las tierras del campo de Bretzenheim. Todas las solicitudes que Otto Schimtt presentó para poder continuar con su trabajo fueron rechazadas por diversos motivos. Finalmente, al inicio de los noventa y derrotado por la Administración, abandonó su estéril lucha.

Conclusión.

Pueden ponerse en duda las cifras dadas por el escritor canadiense Bacque y estará bien que se haga si esto ayuda a conocer con mayor exactitud lo ocurrido en los campos de la muerte de Eisenhower, pero hay ciertos hechos de extraordinaria gravedad que a estas alturas ya nadie cuestiona.

1. Crear el estatus de Fuerzas Enemigas Desarmadas (FED) para no reconocer los derechos de los prisioneros de guerra alemanes fue un acto ilegal que atenta gravemente contra los acuerdos suscritos por los estados unidos en la Conferencia de Paz de la Haya.

2. Esta artimaña legal permitió que las tropas norteamericanas sometieran a los prisioneros alemanes a unas condiciones de reclusión inhumana e injustificable, negándose incluso a que organizaciones como Cruz Roja Internacional acudiera en su auxilio.

3. Como consecuencia de estas actuaciones miles de prisioneros de guerra fallecieron innecesariamente.

4. Tanto la administración americana como la alemana no han intentado investigar estos hechos y han obstaculizado las investigaciones de terceros.

5. Ningún militar ni responsable político norteamericano ha sido nunca juzgado por lo ocurrido en estos campos de la muerte, a pesar de que en los juicios de la post guerra un buen número de los condenados a muerte fueron ejecutados por hechos de mucha menor gravedad.

Esta sólo es otra más de las muchas historias que nunca te contaron. Si deseas saber más te recomiendo leer el testimonio de Martin Brech, profesor de filosofía y religión, guardián de uno de los campos de la muerte. Llega a decir cosas como ésta: "La vista de tantos hombres desesperados por conseguir comida y agua, enfermando y muriendo ante nuestros ojos, es indescriptible. Incluso ahora, solo puedo pensar en ella momentáneamente"

miércoles, 5 de octubre de 2016

Visita de Kennedy a Alemania Por Mark Weber

John F. Kennedy junto a su esposa Jacqueline, y sus hijos Caroline y John 
en Hyannis Port

A finales de julio y principios de agosto de 1945, apenas unas semanas después del final de la guerra en Europa, de 28 años de edad, John F. Kennedy visitó Alemania devastada por la guerra. Quien lo acompaño en esta gira fue el secretario de la Armada de Estados Unidos James Forrestal (a quien el presidente Truman más tarde lo nombro como el primer Secretario de Defensa).

Kennedy registró sus experiencias y observaciones en un diario que no se hizo público hasta el año 1995. (Se publicó bajo el título de preludio a la dirección: El Diario Europeo de John F. Kennedy, Verano 1945).

Estas entradas del diario muestran curiosidad de amplio alcance de la juventud de Kennedy y ojo para el detalle diciendo - atributos que también se manifestaron en sus dos libros más vendidos. 

A principios de 1945, había asistido a la sesión de apertura de la organización de las Naciones Unidas en San Francisco, y había visitado Gran Bretaña para ver la campaña electoral parlamentaria, que abarco los eventos como un periodista de la cadena de periódicos Hearst.

En Berlín, Kennedy señaló a su llegada allí el 28 de julio, "La devastación es completa, no hay un solo edificio que no este destruido. En algunas de las calles el hedor - dulce y enfermizo de los cadáveres - es abrumadora”. Para la población de Berlín, informó, "La ración básica es de 1 1/2 libras por día - aproximadamente 1.200 calorías. (2.000 a juicio de las autoridades sanitarias para la dieta normal - la ración es de sólo 900 calorías) en Viena"

Kennedy hizo varias referencias a diario de la ferocidad de la ocupación rusa soviética de Alemania. "Los rusos se movieron con tal violencia al principio -  destruyeron fábricas y violaron a las mujeres - "Violando y saqueando" por las tropas soviéticas "fue general," Kennedy también informó. "Lo que ellos no tomaron, lo destruyeron." En otra parte, escribió: "Los rusos bastante bien han saqueado al país".

También tomó nota de los efectos de los ataques aéreos británicos-estadounidense que fueron devastadores: "De acuerdo con nuestros expertos navales, el bombardeo de Alemania no era eficaz para detener su producción, y la producción se triplicó durante 1942-1944." Hasta el final, Kennedy también informó, una distribución adecuada de alimentos que se mantuvo en la capital alemana: "La alimentación en Berlín fue muy bien organizado, incluso en el bombardeo más grave." se informó en otro punto, "No se dio cuenta de lo que pasaba en los campos de concentración."

Kennedy y Forrestal también visitaron Bremen, un importante centro industrial y comercial del norte de Alemania, y una importante ciudad portuaria. Como se informó Kennedy, los rusos no eran las únicas fuerzas de ocupación para llevar a cabo el saqueo a gran escala en Alemania: "Los británicos habían entrado en Bremen por delante de nosotros - y todo el mundo fue unánime en su descripción de saqueo y destrucción británica, que había sido muy pesado. Se habían llevado todo - Barcos, botes pequeños, lubricantes, maquinaria, etc. "

También señaló fechorías de las tropas estadounidenses. "Los estadounidenses saquearon la ciudad [Bremen] en gran medida a la llegada", escribió. "La gente no parece darse cuenta", agregó, "lo afortunados que han sido al escapar de los rusos. Por lo del saqueo de las casas y las ciudades, sin embargo, los británicos y estadounidenses han sido muy culpables." En Bremen, escribió Kennedy, "La dieta de los alemanes "es alrededor de 1.200 calorías - la nuestra era de 4.000." A pesar de todo, "ninguno de los oficiales y soldados aquí [estadounidenses] parecen tener ningún odio particular para los alemanes."

Kennedy se reunió y habló con los oficiales de la Marina de Estados Unidos en Bremen. Debido a que había sido comandante de un barco de torpedo de Estados Unidos en el Pacífico - el famoso PT-109 - que tenía un interés especial en el homólogo alemán - el Schnellboot o "barco Correo". Después de mirar en la materia con cierto detalle, Kennedy llegó a la conclusión de que la versión alemana era "muy superior a nuestro barco PT."

Lugar de Hitler en la historia:

Después de Bremen y Bremerhaven, Kennedy y Forrestal volaron a Baviera, donde visitaron la ciudad de Berchtesgaden y luego se dirigieron hasta el refugio de Hitler en la montaña, que fue "completamente destruida, es el resultado de un ataque aéreo de 12.000 bombas por la RAF [Fuerza Aérea Británica] en un atentado contra la vida de Hitler”. Luego subieron a la guarida "Nido del Águila" de Hitler a lo alto de las montañas.

Justo después de esta visita, Kennedy escribió un notable comentario en su diario, de fecha 1 de agosto de 1945, sobre Hitler y su lugar en la historia:


"Después de visitar estos lugares, se puede entender fácilmente cómo que dentro de unos años Hitler surgirá del odio que le rodea ahora como una de las figuras más importantes que han existido.
 "Él tenía la ambición sin límites por su país lo que le produjo una amenaza para la paz del mundo, pero tenía un misterio acerca de él en la forma en que vivió y en la forma de su muerte que vivirá y crecerá después de él. Él tenía en él, el material del que están hechas las leyendas”.
Menos de un año después de esta gira europea, Kennedy fue elegido al Congreso en Massachusetts, comenzando una carrera política que lo llevó a la Casa Blanca, y que terminó repentinamente con su asesinato el 22 de noviembre de 1963.

Fuente:




lunes, 3 de octubre de 2016

Hitler y Geli


Se ha hablado mucho sobre la relación de Hitler y Geli Raubal. Tanto que incluso se ha llegado a decir que mantuvieron relaciones sadomasoquistas y cosas peores. También se ha dicho que la muerte de la joven fue en realidad un asesinato del mismo Hitler o incluso de Himmler. En realidad todas esas historias están basadas en opiniones de terceros, puesto que el comportamiento de Hitler con Geli, fue de respeto mutuo. 

De izquierda a derecha tenemos: Adolf Hitler, Rudolf Hess, Geli Raubal, 
Angela Raubal, Julius Schreck, Julius Schaub y un portero desconocido

Geli fue la mujer que más influencia tuvo en la vida de Hitler. Tanta que incluso era capaz de convencerle para ir de compras, algo que Hitler detestaba. Incluso podía entrar en una tienda, revolverla a conciencia, y salirse de la misma con las manos vacías, algo que a Hitler le daba mucha vergüenza. Pero Hitler la seguía a todas partes.  Como dijo su fotógrafo personal Hoffmann "la seguía como un dócil corderillo".

Hitler saluda a su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, 
20 de abril de 1942 en la Wolfsschanze

En todos los medios, año a año se propaga cientos de historias, acerca de esta noticia, pero casi ningún medio trata el tema objetivamente. Al parecer ningún historiador oficial ha tomado en cuenta las memorias escritas por Heinrich Hoffman, quien vivió y conoció todos los éxitos y fracasos de Hitler. Su libro narrado desde sus experiencias, sin duda, se convierte en una fuente primaria, no tomar estos testimonios es como, no tomar en cuenta los verdaderos hechos.

Dicho esto, quiero presentarles una parte del capítulo V. «MI ESPOSA ES ALEMANIA» del libro “Yo fui amigo de Hitler” de Heinrich Hoffman, en donde se hace referencia al trágico final de la señorita Geli Raubal, quien era hija de Ángela, la hermanastra de Hitler.

Capítulo V «MI ESPOSA ES ALEMANIA»

La señora Raubal, su hermanastra —que era mayor que él — se convirtió más adelante y durante mucho tiempo en su ama de llaves en Obersalzberg; érale completamente leal y abnegada. Tenía dos hijas y un hijo que era maestro de escuela en Linz. Durante la guerra ese hijo quedó cercado en Stalingrado; se le indicó a Hitler que podía sacar a su sobrino de aquel avispero, pero se negó rotundamente, jurando que no haría excepción alguna por su familia. En cuanto a la hija mayor de la señora Raubal, Angélica, todos la conocíamos por el nombre de Geli; y esta es la historia de su trágico destino.

Angelika "Geli" Raubal nació el 4 de junio de 1908 y murió el
 18 de septiembre de 1931 

Había sobre todo hombres en la mesa de Hitler en ei Café Heck. Podía ser admitida alguna mujer por casualidad en nuestro círculo, pero ninguna fue autorizada para convertirse en el centro de la reunión. Estaba allí, pase; pero aunque podía ser vista, no debía ser oída. Hitler se mostraba siempre galante y cortés, pero se le rogaba a la dama que se sometiese a las costumbres del círculo. Si tomaba ella parte en nuestra conversación, se le rogaba, siempre, que no intentase sobresalir y que no contradijese nunca a Hitler

Llegó un día en que se sentó a nuestra mesa una muchacha adorable y sin artificios. Era Geli Raubal, la sobrina de Hitler; iba a encantarnos a todos; a partir de ese día, cuando Geli se unía a nosotros, se convertía moralmente en la luz del grupo.

Geli Raubal en un día de campo, año 1930 

Geli Raubal era embrujadora. Sin ninguna estratagema, sin coquetería, lograba con su sola presencia extraer de cada cual lo mejor que llevaba dentro. Todos sentíamos devoción por ella; todos, pero más que ninguno, su tío, Adolfo Hitler. Geli poseía una influencia evidente sobre él: llegó incluso a convencerle para que la acompañase de compras. Recuerdo a Hitler contando que se sentía incomodo acompañando a Geli a probarse un sombrero o unos zapatos, o a hacer que una vendedora extendiese todo su género sobre el mostrador para luego marcharse de allí con las manos vacías. ¡Esto era una cosa clásica en Geli! Y, sin embargo, Hitler la seguía... la seguía siempre como un dócil corderillo.

Bajo la influencia de ella, la vida de Hitler se hizo más sociable y más mundana. Iban juntos con frecuencia al teatro y al cine; pero lo que Hitler adoraba, por su parte, era llevar a Geli a merendar a algún rincón pintoresco de los bosques circundantes.

Geli en la mitad en un día de campo, 
a la izquierda, de espaldas Hitler 

Entonces -— era esto en 1927 — Hitler gozaba de una gran popularidad. Cuando aparecía en un bar o en un restaurante, se veía inmediatamente rodeado por miembros del Partido y por cazadores de autógrafos. Pero él prefería con mucho dedicar sus escasas horas de ocio al círculo de sus íntimos en la soledad confortadora de la selva. Allí, sin embargo, incluso allí, se mantenía siempre reservado. Su actitud con respecto a Geli era más que correcta, ceremoniosa. Pero su mirada, la ternura de su voz cuando se dirigía a ella, toda su actitud rebosaba del cariño que sentía por la muchacha.

Cuando se mudó al .16 de la Prinzregentenstrasse, la instaló a ella en una bonita habitación de muchacha, amueblada con un gusto perfecto por el decorador más famoso de Munich. Aquel piso de soltero ofrecía cierto aspecto de comodidad familiar. Hitler aprovechaba toda ocasión para alabar el talento culinario de Geli; talento auténtico, en realidad, puesto que la madre de Geli, que se ocupó de la casa durante varios años, era una cocinera sin igual.


Por mucho que la adorase su tío, Hitler no pensó jamás en un enlace con ella. Pero seguía siendo para él la emocionante personificación de la mujer, bella, lozana, pura, inteligente, alegre y, digámoslo, limpia también y tan recta de espíritu como Dios la había hecho. Velaba por ella como se inclina un sabio sobre una flor única en el mundo; quererla y protegerla era, en el terreno sentimental, su sola ambición. Durante mucho tiempo hizo que la educase la voz un maestro de canto célebre. Perfecto en todo momento con ella, únicamente su actitud con respecto a la vida privada de Geli parecía menos generosa; estaba realmente obsesionado por el deseo de conservarla siempre bajo su tutela.

Pero los veinte años de Geli habían escogido la libertad. Le gustaba moverse, ir y venir, ver gentes; pero no permanecer sentada siempre ante la misma mesa de café, y frente a los mismos rostros siempre solemnes. En Shrovetide, su más ardiente deseo fué ir al baile. Hitler se lo prohibió, pero Geli insistió de tal manera que tuvo al fin que acceder, a condición, sin embargo, de que Max Ammán y yo acompañaríamos a la muchacha. Teníamos orden de llevarla al Deutsches Theater, en donde se celebraba el famoso baile Pares; después, abandonaríamos el baile a las once en punto, llevando a Geli entre los dos.

En la mitad Adolf Hitler, a la derecha Schaub mirando a la cámara
y Geli Raubal al final, septiembre de 1930

Habíanme encargado de una grata misión: la de que hiciese unos croquis la célebre modelista Inge Schroeder para el vestido de Geli destinado a aquel baile. Cuando presenté los dibujos a Hitler, los rechazó con la mano. «Excelentes, muy decorativos quizá, pero demasiado excéntricos». Geli debía llevar un vestido de «soirée» corriente y pasar inadvertida.

Cuando Geli, encuadrada por sus dos ángeles guardianes, salió del baile, a las once, iba radiante de alegría.

El fotógrafo del teatro nos había hecho una foto: no, a gusto en nuestro palco, como la hubiera hecho yo, con una copa de champagne en la mano, sino en un grupo rígido y forzado; una verdadera foto de familia, mostrando a Gen entre sus perros guardianes. Y esa fué la imagen que Geli puso bajo la nariz de su tío al día siguiente.

Geli y sus cachorros 

Tuve con ello ocasión de decirle a Hitler lo que pensaba. La coacción bajo la cual vivía Geli era anormal, inhumana; la hacía sufrir. La historia del baile me había abierto los ojos. En vez de darle un gusto dejándola ir al baile, Hitler había una vez más impuesto su autoridad sobre la muchacha.

—Ya sabe usted, Hoffmann — explicó Hitler para justificarse — que Tengo el deber de velar por ella. Pues bien, ¡sea! Amo a Geli y podría casarme con ella; pero ya conoce usted mis opiniones y sabe que estoy decidido a permanecer soltero. Teniendo esto en cuenta, me reservo el derecho de velar sobre sus relaciones masculinas hasta que descubra yo al hombre que la convenga. Lo que a ella le parece .ma cadena no es sino una precaución. Cuidaré de ella para que no caiga entre las manos de algún aventurero indigno.

Hitler no tenía la menor sospecha del amor que Geli sentía por otro hombre. A este otro hombre, le había ella conocido hacía tiempo en Viena. Lo que había ocurrido entre aquel joven y ella, nadie lo supo con certeza. Si había correspondido a su amor ¿por qué no se había casado con ella?

Hitler a su lado a la izquierda Geli Raubal, 1930 

Geli era muy reservada y no entregaba su corazón al azar. Su mejor amiga era Erna, mi mujer, que la quería entrañablemente, la admiraba como artista por su belleza. Aun siendo ellas muy íntimas, la reservada Geli sólo levantó una vez el velo que ocultaba el misterio de su corazón: sentíase abrumada. Y en aquel mismo momento, deplorando ya su impulso, cortó la confidencia apenas iniciada:

—Ya ves, es así — suspiró — ni vosotros ni yo podemos hacer nada. Hablemos de otra cosa.

Todo lo que mi mujer creyó comprender es que Geli estaba enamorada de un artista en Viena y que aquel amor la atormentaba. Pero ni toda la simpatía que la ofreció, logró sacar una palabra más de Geli.

La tranquilidad de que hacía gala, era sólo una máscara. Indudablemente, le halagaba que su tío, aquel «inaccesible», estuviera siempre pendiente de ella. No habría sido mujer si la galantería de Hitler y su generosidad no la hubieran impresionado. Pero la vigilancia que él ejercía sobre sus pasos, la prohibición de que Geli tratase a otros hombres o tuviera alguna conversación sin que él lo supiera, todo aquello resultaba intolerable para su carácter independiente.

Hitler y Geli , en trajes de Gala

Fui el único, quizá, en conocerla bien. Pero ¿para qué? Mis esfuerzos por convencer a Hitler de que cambiase de método fracasaron por completo. Su miedo a perderla era tan grande que se empeñaba, contra todo buen criterio, en querer preservarla del peligro. El mismo procedimiento para organizarse una guardia de seguridad, todo esto, además, insensatamente imaginado, para conducirle a su pérdida como condujo a su ruina trágica aquella muchacha a quien amaba. Geli no dudaba que Hitler estuviese enamorado de ella, pero no conocía la profundidad, la inmensidad de aquel amor. Sus ojos se abrieron a causa de un incidente, muy inocente en apariencia.

Un día, mi amigo Maurice, uno de los miembros más antiguos del Partido (había sido chófer de Hitler durante varios años) vino a buscarme en un estado de gran agitación. Logró al fin contarme que había ido a ver a Geli, que habían bromeado y reído juntos, como hacían de costumbre. Pero que de pronto había entrado Hitler.

—Nunca le había yo visto, ni le hubiese imaginado así — me explicó Maurice —. Lívido de rabia, Hitler arremetió contra mí.

Y yo me preguntaba: «¿Era una charla inocente?» Por parte de Geli, seguramente; por parte de Maurice, quizá. ¿O es que él se había desviado por un camino prohibido? ¿Se había atrevido a hacer ciertas insinuaciones a Geli? Hitler, con su agudo sentido de la observación —un sexto sentido, realmente, cuando se trataba de Geli—, debía haberse puesto en guardia por algo. La brusca justificación, aunque aparente, de sus sospechas, provocó en él aquel furor sin límites.

Transcurrió algún tiempo antes de que Hitler recobrase su dominio sobre sí mismo en esa cuestión; antes de que pudiera tolerar de nuevo la presencia de Maurice sin sufrir otra vez las secuelas de su cólera.

Hitler junto a Emil Maurice 

El 17 de septiembre de 1931, Hitler me había invitado a acompañarle por el Norte en un viaje bastante largo. Cuando llegué a su casa, Geli estaba allí, ayudándole a hacer su equipaje. Inclinada sobre la barandilla mientras bajábamos la escalera, gritó:

— ¡Hasta la vista, tío Adolfo! ¡Hasta la vista, señor Hoffmann!

Hitler se volvió para mirarla, inmóvil un instante; y luego subió de nuevo la escalera mientras iba yo a esperarle en el portal. Poco después, Hitler se reunió conmigo. ¿Qué sucedió durante aquellos minutos? Nadie lo sabrá nunca.

Subimos en silencio al auto y tomamos la dirección de Nuremberg. Cuando cruzábamos Siegester, dijo él de pronto:

—No sé por qué, tengo una sensación desagradable.

Hice cuanto pude por distraerle. Era la época del «fehn» o viento del Sur, cuyo efecto deprimente ya conocíamos. Pero Hitler permaneció callado mientras rodábamos hacia Nuremberg. Una vez allí, nos detuvimos en el Hotel Deutscher, lugar de reunión del Partido.

Geli Raubal, 1930 

Dejamos Nuremberg a nuestra espalda y nos dirigíamos hacia Bayreuth cuando Hitler vio en el espejo retrovisor un coche que intentaba alcanzarnos. Por razones de seguridad, nuestra táctica en aquella época era no dejarnos pasar nunca. Hitler iba pues a ordenar a Schreck que acelerase cuando observó que el coche en cuestión era un taxi, que un «botones» del hotel iba sentado junto al chófer y que nos hacía señas de que parásemos.

Frenó entonces Schreck. Jadeante, el «botones» corrió hacia Hitler, y le soltó de un tirón su mensaje: Hess quería hablarle con toda urgencia por teléfono. Estaba en Munich. Volvimos, pues, al hotel.

Antes de que el auto se detuviese, Hitler se apeó de un salto y se precipitó dentro del hotel; yo le seguí lo más de prisa que pude. Tirando su sombrero y su fusta sobre una silla, corrió al teléfono. No tuvo tiempo siquiera de cerrar la puerta, y se oyeron claramente retazos de su comunicación:

—Aquí, Hitler... ¿ha ocurrido algo?
Estaba muy emocionado. Y de repente, un...
— ¡Pero, Dios mío, eso es horrible!
Vibraba la desesperación en su voz. Pero su tono se hizo más firme, fué casi un grito:
— ¡Hess, contésteme! ¿Vive ella, sí o no?... Hess, le exijo su palabra de oficial, la verdad: ¿ha muerto, está viva aún? ¡Hess... Hess!

Hitler con Geli Raubal en el verano de 1931

Aullaba. Sin duda no había recibido contestación o quizá Hess cortó la comunicación para evitarse una respuesta. Entonces Hitler se lanzó fuera de la cabina, con el pelo caído sobre la frente y una mirada feroz. Tenía el aspecto de un loco. Y volviéndose hacia Schreck:

—Algo le ha ocurrido a Geli —gritó—. ¡ Tenemos que volver a Munich a toda velocidad! Tengo que verla viva...

Sólo otra vez he visto a Hitler en aquel estado: cuando le dije adiós en abril de 1945 en el refugio subterráneo de la Cancillería.
El frenesí de Hitler era contagioso. Pisando a fondo el acelerador, Schreck lanzó el coche a una velocidad infernal hasta Munich. Por el retrovisor veía yo el rostro de Hitler. Tenía los labios apretados y miraba a través del parabrisas, sin ver. No pronunció una palabra, ni nosotros tampoco. Cada uno estaba sumido en sus siniestros pensamientos.

Geli sonriente a la cámara 

Llegamos solamente a tiempo de enterarnos de la trágica noticia: Geli había muerto hacía veinticuatro horas. Se había disparado un tiro en el corazón con un revólver del 6'35. De haberla socorrido inmediatamente, quizá hubieran podido salvarla. Habían traído el cuerpo del Instituto Médico-Legal, después de practicadas las diligencias obligadas. Cuando llegamos, todo estaba dispuesto para el entierro. Su madre nos recibió deshecha en llanto; a su lado se encontraban Hess, el tesorero del Reieh, Schwarz y la señora Winter, el ama de llaves de Hitler.

Retrato de Geli Raubal

Fué la señora Winter quien nos contó lo sucedido después de nuestra marcha. Como ya he dicho, Hitler subió para despedirse otra vez de Geli. Acariándola cariñosamente la mejilla, le murmuró unas palabras al oído; pero Geli se puso triste y con un gesto colérico:

—Realmente —había dicho a la señora Winter— no tengo nada de común con mi tío.

Hitler había regresado aquel mismo día a Munich, donde no debía pasar más que unas horas. Envió, sin embargo, a buscar a Geli y a su madre, a Obersalzberg; después, los preparativos de nuestro viaje le impidieron prestar mucha atención a su sobrina.

—Geli estaba deprimida — contó la señora Winter — y era indudable que no la hacía feliz vivir en casa de Hitler.

Estaba yo de acuerdo sobre este último punto. Por lo que sé, Geli estaba secretamente enamorada; la señora Winter afirmaba que era a Hitler a quien ella amaba. Mil pequeños incidentes la habían hecho llegar a esa conclusión.

Hitler  y Geli en un día de campo

¿Supo Hitler los motivos de aquel suicidio de Geli o tuvo, tan sólo, como otras veces, un terrible presentimiento? Había dicho: «Tengo una sensación desagradable». Estas palabras podían ser la expresión de una premonición, a menos que su último adiós a Geli no hubiera provocado aquella ansiedad. Preguntas éstas que quedarán siempre, ¡ay!, sin respuesta, lo mismo que se desconocerán las razones del suicidio de aquella adorable muchacha.

Geli no era en absoluto una histérica de esas que se sienten impulsadas instintivamente al suicidio. Su carácter libre, franco y normal sabía enfrentarse con la vida. Nada de lo que cada uno de nosotros sabía de ella podía hacer presentir aquel desastre.

En su cuarto se encontró una carta sin terminar dirigida a un profesor de canto Vienes; una carta tranquila en que le decía simplemente que deseaba ir a Viena para que la diese unas lecciones. Esta carta ¿quedó interrumpida por el descubrimiento de un mensaje de Eva Braun que encontrara ella por casualidad en uno de los bolsillos de su tío? Otra pregunta sin respuesta. ¿Qué más daba? Geli ya no existía, había muerto, había querido morir y nosotros nos perdíamos en vanas conjeturas.

También, según la señora Winter, Geli había anunciado después de nuestra marcha que iría al cine con un amigo y que no necesitaba que la preparasen comida. Por eso a la señora Winter no la había preocupado el no verla regresar aquella noche.

Adolf Hitler, Joseph Goebbels, Geli Raubal y Julius Schaub en un picnic 

Pero a la mañana siguiente, al no bajar Geli como de costumbre para desayunar, la señora Winter subió y fué a llamar a su puerta. No la contestaron y entonces intentó mirar por el agujero de la cerradura; pero estaba puesta la llave y además echada. Llena de inquietud, llamó a su marido y éste forzó la puerta. jQué espectáculo! ¡Geli tendida en el suelo, en un charco de su propia sangre y el revólver al pie del diván! Entonces la señora Winter avisó a la madre de Geli, así como a Rudoli Hess y a Schwarz. Por orden de su madre el cuerpo de Geli fué transportado a Viena, donde reposan sus restos.

La veneración de Hitler por el recuerdo de Geli se convirtió en una especie de religión. Él mismo cerró con llave la puerta de su habitación; nadie pudo entrar allí, a excepción de la señora Winter y ella fué la que durante los años que siguieron floreció el cuarto de crisantemos, las flores preferidas de Geli. Hitler mandó hacer numerosos retratos de su sobrina, tomándolos de sus fotos, por artistas célebres; y un busto de bronce, admirablemente fundido por Fernando Liebermann. Todas esas efigies de la muerta ocuparon siempre el sitio de honor en sus diversas residencias y en la Cancillería del Reich.


Durante dos días no vi a Hitler. Le conocía yo lo suficiente para comprender que, en aquellas terribles circunstancias, prefería él la soledad. Mas he aquí que de pronto, a medianoche, sonó el timbre de mi teléfono. Despierto ya, me levanté para contestar. Oí entonces la voz de Hitler, pero una voz extraña, de una lasitud desesperada:

—Hoffmann, ¿está usted despierto? ¿Puede venir un momento?
Un cuarto de hora después, estaba en su casa.
Me abrió él mismo la puerta. Su cara parecía ensombrecida, desolada; me tendió la mano en silencio, y luego:

—Hoffmann —preguntó—, ¿quiere usted hacerme un gran favor? No puedo seguir en esta casa donde Geli ha muerto. Mueller me ha ofrecido su casa de Saint-Quirin, junto al lago Tagernsee. ¿Querría usted venir conmigo? Tengo el propósito de permanecer allí unos días, hasta que ella esté enterrada. Entonces, iré a su tumba. No habrá allí nadie más que usted conmigo. Me haría usted un inmenso favor.

Su voz era apremiante. Como es natural, accedí y al día siguiente salimos hacia ese lugar.

 Adolf Hitler en la parte posterior, Geli Raubal pretendiendo conducir, 1930

En Saint-Quirin el guarda de la casa nos entregó las llaves, con una mirada compasiva hacia Hitler, que parecía destrozado. Y luego, se marchó. A Schreck, que nos había llevado, ie despidió también Hitler. Pero antes se las compuso para murmurar a mi oído que le había quitado la pistola a Hitler: su desesperación hacía temer una tentativa de suicidio. Así, pues, nos quedamos los dos solos: Hitler en una habitación del piso primero, y yo, en la que se hallaba debajo de la suya.

Solos, completamente solos en la casa. En el momento en que me despedía de él cruzó las manos a su espalda y se puso a pasear de un lado para otro, en su habitación. Le pregunté qué quería comer, pero se contentó con mover la cabeza sin pronunciar una palabra. Le llevé, sin embargo, un vaso de leche y unas galletas.

Bajé de nuevo y me asomé a la ventana de mi cuarto, oyendo sobre mi cabeza el ruido de sus pasos. Pasaban las horas y el ruido de sus pasos continuaba. Cayó la noche y él seguía y seguía paseando. Acabé por adormecerme en un sillón bajo el efecto de aquel ritmo monótono. De pronto, algo me hizo estremecer: no era un ruido sino, por el contrario, un silencio de muerte que sucedía a sus pasos. Me puse en pie de un salto. ¿Habría podido...? Cautelosamente subí al piso de arriba. Los peldaños de madera crujían a pesar de mis precauciones. Llegué ante su puerta, y entonces, gracias a Dios, ¡se reanudaron los pasos! Con el corazón más aliviado, bajé otra vez a mi cuarto.

Hitler en 1930 con su círculo íntimo. Entre los que le rodean son Erna Hoffmann,
 Brueckner, Heinie Hoffmann, Jr, Wilma y Julius Schaub, Schreck y Geli Raubal 
(vestido de blanco, junto a Hitler y ligeramente detrás de él). 

¡Y durante toda la noche, noche interminable, aquellos pasos! Mientras mi memoria me transportaba a nuestras visitas de otro tiempo a aquella casita romántica. ¡Cómo había cambiado todo! La muerte de Geli había trastornado a mi amigo. ¿Le torturaba un sentimiento de culpabilidad, un remordimiento? Preguntas que se planteaban inútilmente sin que pudiera darles una respuesta.

Por fin, el alba blanqueó los cristales de la ventana: y nunca me sentí tan dichoso de ver despuntar el día. Subí de nuevo y llamé suavemente en la puerta de Hitler. No obtuve respuesta. Impulsado por un temor solapado, entré:

Hitler, olvidando mi presencia, con las manos siempre a la espalda, y la mirada fija en una lejanía invisible, proseguía su eterno paseo. Su rostro estaba crispado de dolor y de fatiga, su pelo enmarañado, unas profundas ojeras ahondaban sus pupilas y su boca se torcía en un rictus de amargura desconsolada. No había tocado el vaso de leche ni las galletas.

Hitler con una botella de Fachinger en su mano izquierda y ligeramente detrás Geli

Le aconsejé que tomase algo. Pero siguió callado. Tenía que obligarle a ello, pensé, pues iba a desplomarse. Telefoneé a mi casa de Munich, para preguntar cómo se preparaban los «spaghettis», uno de los platos favoritos de Hitler. Siguiendo con toda exactitud las instrucciones que me dieron, me dediqué al arte culinario. A mi entender el resultado fué bastante aceptable, pero con él no tuve mejor suerte que el día anterior. Escuchaba mis ruegos sin oírlos siquiera.

El día se alargó lenta, indefinidamente; y cayó de nuevo la noche, otra noche más horrible aún que la anterior. Extenuado de cansancio, me adormecí hasta que de un modo periódico, encima de mí, los pasos más rápidos me horadaban el cráneo. Una agitación atroz se apoderaba de mí.
Pasó por fin la noche y despuntó otro día. Parecíame que me convertía en un «robot» de gestos mecánicos, absorbiendo siempre el ruido de aquellos pasos que no cesaban.

Ya muy avanzada la noche, supimos que habían terminado los funerales de Geli y que nada se oponía ya a la peregrinación que iba a efectuar Hitler en Viena. Partimos hacia allá aquella misma noche. Hitler tomó asiento silenciosamente al lado de Schreck. Agotado, acabé por dormirme, en el coche. Llegamos a Viena en las primeras horas de la mañana, pero durante ese largo trayecto, no «alió una sola palabra de los labios de Hitler.

Geli alimentando a un pequeño cordero 

Cruzamos directamente la ciudad en dirección al Cementerio Central. Hitler quiso ir solo a la tumba de Geli, pero Schwarz y Schaub le esperaban allí. Media hora después estaba de vuelta y daba orden de conducirle a Obersalzberg. Esta vez, apenas sentado en el coche, empezó a hablar. Sus ojos seguían mirando a través del parabrisas sin ver, pero parecía pensar en voz alta:

—Y ahora —dijo— vamos a continuar la lucha, una lucha que debe acabar en un triunfo y que así acabará.

Bendije aquellas palabras.

Dos meses después, Hitler hablaba en Hamburgo; luego fué de ciudad en ciudad, de mitin en mitin, apasionada, furiosamente. Sus discursos fascinaban; les añadía un poder de persuasión casi sobrehumano, emanaba de él un embrujo no bien subía al estrado. Me pareció realmente, que buscaba en aquella agitación política un sedante al dolor insoportable que pesaba sobre su corazón, Consiguió dominarse; sin embargo, en el curso de los años siguientes, sorprendí con frecuencia sobre su rostro aquella misma expresión extraña y atormentada de las noches y de los días de horror que habíamos pasado en Saint-Quirin.


Tumba de Geli Raubal, a sus 23 años 
sus ojos se apagaron

Cementerio central de Viena, Austria
Descansa en Paz 





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